El viejo del 109

(Francisco Cuervo)

Cómo una noche fortuita termina por ser fatídica en el más literal de los conceptos es una de las cuestiones del universo que resulta extraña, ya de por sí, el solo intento de encontrar una respuesta. A veces pasa.
El jueves pasado me encontraba cursando en la facultad una materia que, hasta el momento, no había cursado por razones ajenas a mí; como el hecho de que había tomas de alguna sede, clases de introducción cortas y demás explicaciones inequívocas a la hora de referirnos a la educación pública. Los detalles no son importantes, sino la agradable situación en la que me encontré haciendo sociales con otras personas. Bastante raro para mí. Si me conocieran lo sabrían. Pero bueno, no va al caso. Esto es solamente para argumentar un poco la parte fortuita del día. Eso y que, algo que no me esperaba: me pareció bastante interesante la materia por más que entendí la mitad de lo que se dijo. Y la otra mitad no estoy seguro de haberla entendido.
En fin, resultaba ser un buen día. Había logrado conectar conmigo y con otras personas. Eso es. Era un día, una fecha en donde había podido conectar, generar vínculos, lazos sociales (por más superficiales o profundos que pudieran ser, conmigo y con los demás). Me sentí parte.
Mi proyecto inmediato era llegar a casa, cenar, jugar con algún videojuego o leer algún libro. Tal vez, con mucha fuerza de voluntad, leer algo referido a la universidad. Pero ya era demasiado lo que había logrado hasta el momento en ese aspecto como para forzarlo aún más, ¿no? Tampoco hay que tentar a la suerte.
La realidad fue que la clase terminó a horario. No antes, lo cual significó salir a cuando el reloj marcaba las 10 de la noche. Está bien, supongo. No salía con tanto tiempo de anticipación como hubiera querido, pero al menos no salía más tarde de lo que correspondía. Sin embargo, entre la aglomeración de gente que se esforzaba por salir de la pequeña aula (pequeña solamente porque éramos entre 130 y 150 personas las que estábamos allí, presenciando la materia), la descongestión a la salida de la facultad, el pucho que fumé con calma y alevosía (a mis pulmones) de camino hacia la parada del colectivo…se habrán hecho las 10:15 hasta que tomé el transporte público de la línea 109, con el que suelo regresar a mi hogar.
Es increíble por otro lado cómo, tratando de recordar lo que pasó aquel día, planteo con total seguridad los hechos y acontecimientos, como horarios o qué hice, cuando en realidad no estoy seguro si es así como sucedió realmente; o cómo imagino que pasó. Bien podría haberme fumado dos cigarrillos esperando que el colectivo llegase. Pude haber dejado pasar uno y contemplar la brisa veraniega que extrañamente azotaba la ciudad en ese final de invierno del 2013. De verdad no podría asegurarlo, pero ¿qué importa? Para la conclusión es lo mismo.
En el colectivo habría unas 15 personas, más o menos. No sé si habré subido con algún compañero o compañera desconocidos. Seguro que sí, pero no me interesé por saberlo. Logré divisar al fondo un asiento vacío detrás de un señor que se echaba una siesta, y al lado de unos muchachos que acaparaban dos o tres de los cinco asientos de la parte trasera del vehículo. Así fue que llegué, me senté y me puse a reflexionar como, calculo, suele hacer el mundo entero mientras viaja solo. Con un poco de música y un poco de pensamientos en la cabeza transcurrió el principio del viaje. Atentos que aquí empieza la parte fatídica del relato.
Después de unas cuadras, con el subir y el bajar de los pasajeros en sus respectivas paradas, empiezo a notar la mirada de un par de personas en mi dirección. Recuerdo una con detalle. Una chica de unos 20 años, no mucho más. Al principio, supuse que tendría algo que llamase la atención. Generalmente mi manera de vestir no es elegante, por decirlo de manera elegante, pero nunca había sido el que llamara la atención de esa manera. Divagaba en ese pensamiento hasta que empecé a darme cuenta de que era una mirada más cercana al miedo. No aterrorizada, sino aquel miedo confuso, dubitativo, inconexo. Extraño.
Hasta último momento, hasta cuando se bajó, siguió con la misma mirada. Intermitente entre las puertas de salida y yo. Después de analizar la situación y llegar a la conclusión de que no podía ser mi presencia la causa de ese terror (no es que le estuviera haciendo señales de ningún tipo) empecé a ver a mi alrededor. Ya quedábamos menos. Un muchacho de unos 30 años, una señora adelante, un par de pibes más, el señor adelante mío que seguía durmiendo, el conductor y...
El señor que dormía... 0Ahora que lo veía supongo que podía llamar un poco la atención. Estaba demasiado estirado, como si estuviera muy cómodo en esa silla de colectivo. Demasiado tranquilo ante las curvas repentinas del viaje. Quieto, demasiado. Me estiro para tratar de observarlo mejor, pero no llego a verle el rostro. Llegando a mi bajada, comencé a entender la situación.
Antes de llegar me puse de pié y lo vi. No, como se imaginan, no estaba durmiendo. Su rostro había quedado petrificado en una mirada al cielo con la boca abierta. Temiendo lo peor me acerqué y le pregunté si se sentía bien. No hubo respuesta. Sacudí un poco su brazo con la fuerza suficiente como para extraer a cualquiera de una abstracción temporal, pero éste no era el caso, obviamente. Las dos personas que quedaban en el colectivo, el muchacho de unos treinta y largos y la señora mayor que estaban cerca recién empezaron a percatarse de lo que había averiguado. El viejo no dormía.
Aproveché que pasábamos cerca del Hospital de Clínicas y fui lo más rápido que pude hacia el conductor para avisarle lo que pasaba. Al principio entró en estado de negación preguntándome si no había olor a alcohol o algo que pudiera indicar que estuviese inconsciente, pero borracho. "No, flaco. No. Este tipo me parece que está muerto...", estoy casi seguro que fue lo que dije. Y, a medida que las decía, empecé a comprender lo que pasaba. Nunca había visto un cuerpo sin vida de otro ser humano. El conductor frena el colectivo en una esquina, se levanta, lo acompaño al asiento del viejo, y tras unos intentos fallidos por buscarle el pulso, llegamos todos a la misma conclusión. Antes de dar la vuelta con el colectivo y dirigirnos a la guardia del Hospital, la señora mayor se baja siendo excusada por nosotros, diciéndole que no se haga problema. Nos estábamos encargando del asunto, que ella vaya a su casa. Un acto de caballerosidad absurdo y, tal vez, hasta demasiado permisivo. Pero ¿qué importaba?
Lo que sigue luego es una sucesión de hechos: llegamos al Hospital, se suben unas enfermeras al colectivo, intentan un par de técnicas de reanimación sin efecto, se lo llevan en una camilla con un aparato para pasarle oxígeno, y listo. Esa fue la última vez que vi al viejo del 109. Subieron unos policías, nos tomaron los datos, un par de preguntas, y listo. El chofer me ofreció continuar con el recorrido, pero estaba lo bastante cerca de mi casa como para aprovechar y fumar un cigarrillo en el camino.
Antes de irme recuerdo preguntarle al policía si en algún momento sabríamos qué pasó con el señor, ya que por cómo se lo llevaron parecía que iban a seguir intentando retenerlo un poco más en este plano. No. La información, básicamente, se la darían a la familia. Nosotros estábamos aparte.
Los días que siguieron fue difícil conciliar el sueño, pero lo raro es que, más allá de la situación en sí, no sabía por qué. Llegué a dos planteos. La primera, y muy básica, es que no sabía con seguridad qué había pasado. Si estaba muerto, si estaba vivo. A consecuencia de ésta pregunta, vinieron más. ¿Cómo fue que murió? Solo, viajando hacia quién sabe dónde. ¿Qué fue lo último que pensó? Todas esas cuestiones que nunca tendrán respuesta. Ésas que nos pone el universo en el camino; y buscar respuestas nos quita el sueño, nos quitan el sueño las extrañas suposiciones a las que llegamos.
Pero hay una que me resuena en la cabeza. Más importante y más dura. Una que me revuelve el estómago... De las 30 personas que habrán pasado por ese colectivo aquella noche, en esa fracción de 20 minutos que duraba mi viaje, esas que vi con mis propios ojos y que miraban en mi dirección con miedo, extrañeza, desconexión... ¿Cómo nadie hizo nada? ¿Cómo puede ser que solo hayamos sido tres o cuatro personas (y lo incluyo al conductor por más que estuvo obligado) las que hayamos tenido un poco de sangre en las venas para preocuparnos por un tercero desconocido?
¿Cómo puede ser que hayamos llegado al punto de estar tan alejados el uno del otro que ni siquiera nos interesa saber si estamos bien mientras compartimos el espacio de un viaje? Ni siquiera estando uno al lado de otro...No encuentro la respuesta. No temo no encontrarla. Sino que, al contrario, temo saber cuál es.
Unos días después, ayer para ser más específico, me acerqué al hospital. Ya me habían dicho que no me darían información, pero no pude contenerme. Necesitaba saber. Gracias a un par de guardias que entendieron mi situación, pude darle un cierre al tema. El señor no estaba muerto cuando lo bajaron del colectivo, murió horas después en la madrugada del viernes. Acompañado por su hijo.
Pienso que es hora de decir "basta". Basta de olvidarse lo unidos que estamos, por más desconocidos que nos resultemos el otro. No es un grito de simpatía hacia el otro, donde tenemos que ser todos amigos y vivir en un mundo feliz. No. Es algo más simple. O algo más complejo, pero más concreto, al fin. Es un pedido de misericordia... Ponernos en el lugar del otro.
No puede ser que al final del día algunos nos tengamos que estar preguntando "¿Cómo puede ser...?", mientras otros ni siquiera dudan en dejar a alguien morir al lado sin hacer nada al respecto. Basta del "no te metas". ¿No es suficiente la mierda que tenemos que ver cada vez que salimos de nuestras casas para soportarlo en cada lugar al que vamos?
Hay conexiones y desconexiones por todos lados, pero hay una que parece no llamar la suficiente atención. Buscamos cómo ser mejores en nuestras labores, nuestros ámbitos, hasta con los animales y el medio ambiente, pero es poca la gente que se acuerda de lo más importante. Somos seres humanos, más allá de todo. Por más defectuosos o virtuosos, débiles o fuertes, somos todos de carne y hueso. Hay quienes adelantaron pasos y buscan ver cómo todo tiene que ver con todo, pero olvidaron que detrás hay gente que no sabe que todos tenemos que ver con todos. Y a todos nos corre sangre por las venas, pero no todos parecen saberlo, o recordarlo... Es así, cuando olvidamos, que dejamos de ser parte.
Tal vez me equivoque, tal vez la voy demasiado de soñador, pero hoy sé algo. Algo que quizá en ese momento no entendí. Yo dije basta. Y, gracias a esa decisión, un tipo tuvo la oportunidad de despedirse de su viejo un jueves de Septiembre. Alguien pudo despedirse del viejo del 109.

Francisco Cuervo

Estudiante y narrador

Twitter: @literalinea

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